Expectativas a la hora de dormir a tu bebé

¿Tu guagua te deja dormir? ¿Ya duerme en su cuna? ¿Ya pasa de largo durante la noche? ¿Y esa mochila de porteo para qué? ¿Duerme pegado a ti? ¿Duerme en brazos? ¿Se duerme tomando pecho? ¡Cuidado que lo vas a malcriar! ¡Eso es sueño chatarra! Consuelo Muñoz, asesora de sueño infantil, nos habla de estas dudas que toda mamá tiene o ha tenido en algún minuto.

 

Desilusión, estrés, agotamiento extremo, culpa, impotencia y así un millón de emociones se nos vienen a la mente frente a estos comentarios o, incluso, cuando tenemos que levantarnos en la noche a contener a nuestros niños/as.

¿Se han cuestionado alguna vez por qué si la “normalidad” es que los bebés y niños/as duerman toda la noche en su cuna, prácticamente ninguno lo hace?

¿Será que todos los niños/as tienen problemas de sueño? ¿O será que nosotras hacemos algo mal? (porque así muchas veces nos sentimos).

La verdad es que todas esas frases no son más que imposiciones culturales que todas hemos ido interiorizando y que nos crean expectativas completamente irreales en torno al sueño infantil.

Nuestros bebés y niños/as no pueden dormir como nosotros los adultos lo hacemos. No porque no quieran, sino que porque no están preparados para hacerlo.

El sueño es un proceso neurológico que va madurando con el tiempo, pero también tiene componentes a nivel físico, motor, sensorial y psicológicos, que muchas veces no se toman en cuenta al hacer la ecuación a la hora de dormir. Y como es un proceso madurativo, es importante entender que nosotros los adultos no podemos cambiar o acelerar su curso.

Entonces… añoramos que hagan siestas largas, siempre en su cuna, que no despierten en la noche o que no nos llamen, que no necesiten alimentarse de noche, y así un largo etcétera.

Entiendo, y conozco por experiencia propia, el cansancio que nos genera despertarnos en la noche a alimentar, contener o ayudar a conciliar el sueño a nuestros niños/as. Pero el trasfondo está en que estamos tratando de forzar su independencia cuando aún no están preparados.

Nuestro ADN viene con un “chip” de dependencia los primeros años de vida. Porque nacemos completamente inmaduros (tanto física como emocionalmente), y porque necesitamos de alguien que nos ayude a sobrevivir cubriendo todas nuestras necesidades básicas.

Las necesidades básicas no son solo alimentarlos, evitar que tengan frío, calor, sed, o que tengan el pañal sucio. El amor y la sensación de seguridad que genera el contacto físico y el ambiente que conocen (en palabras sencillas “mi mamá”), también lo son.

El simple hecho de cubrir estas necesidades de forma cariñosa y oportuna, van generando las bases de nuestra salud mental y también son la base para que poco a poco logren ir forjando la tan deseada independencia.

Un ejemplo sencillo: ¿qué pasaría por tu mente si tu amiga te recomienda que tu hijo de 8 meses se lea los cuentos solo antes de irse a dormir? Probablemente pensarías que está loca, porque no sabe hablar, no reconoce las letras ni tampoco unirlas para poder leerlas. Y no porque esté mal criado, sino porque aún no tiene la habilidad para hacerlo.

Más adelante, cuando esté listo a nivel neurológico, lo logrará. Pero antes de esto, pasará por una etapa donde alguien le leerá los cuentos, le enseñará las letras y cómo ir uniéndolas para poder leerlas y decirlas.

Necesitamos pasar por etapas de dependencia para lograr la independencia, porque es la forma en la que aprendo a confiar en el mundo donde vivo y logro hacer las cosas por mi cuenta.

Esto no quiere decir que tenemos que ser mártires de la maternidad, dejando que todo pase solo cuando algo está poniendo en juego nuestra salud física y/o emocional. Hay formas amorosas y contenedoras de acompañar el sueño de nuestros niños, pero siempre desde el amor y no con la separación forzada o dejarlos llorar.

 

Consuelo Muñoz

@luzdelalba_cl

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